miércoles, 7 de agosto de 2013

El por qué de las tormentas de la vida.





"Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. (2 Corintios 1:3-5).

Al Señor Dios nunca se le toma por sorpresa. Él sabe por todo lo que estamos pasando y está dirigiendo todas nuestras circunstancias tanto para nuestro bien como para su gloria, conforme a su buena voluntad.
Uno de los propósitos de las dificultades es limpiarnos. Por nuestra naturaleza “carnal”, y el mundo egocéntrico en que vivimos, es fácil desarrollar actitudes centradas en uno mismo, prioridades confusas y costumbres impías. Por tanto, las presiones que nos sobrevienen en situaciones tormentosas tienen el propósito de llevarnos al arrepentimiento. Nuestras pruebas no son para hundirnos, sino más bien para purificarnos y llevarnos de vuelta al camino del temor a Dios.
Otra razón para la lucha es enseñarnos cómo consolar a otros. La obra de Dios en nuestras vidas no es solamente para nosotros. Está diseñada para que alcancemos a un mundo que no conoce al Señor Jesús. Él usa las presiones que enfrentamos para prepararnos en cuanto al servicio a los demás. Cuando padecemos sufrimientos, descubrimos el poder de Dios, su presencia consoladora y su  fortaleza para ayudarnos a soportar. Nuestro testimonio durante los tiempos de dificultad será auténtico; aquellos a quienes predicamos reconocerán que conocemos y comprendemos su dolor.
Reflexionar en el propósito divino que hay detrás de nuestras dificultades, puede ayudarnos a responder a ellas de una manera que honre a Dios. Las lecciones de Dios normalmente se ponen en claro gradualmente, pero Él estará caminando al lado suyo a lo largo de todo el camino.

jueves, 1 de agosto de 2013

El Valor de una Amistad



Un hombre transitaba por un camino con su caballo y su perro, cuando de pronto se encontraron en medio de una tormenta muy fuerte. Para cubrirse, se refugiaron debajo de un enorme árbol, pero cayó un rayo y los tres murieron. El hombre no se dio ni cuenta de lo que había pasado y prosiguió su camino con sus dos amigos, sólo sabía que los tres estaban sedientos. En un lugar del camino vieron un magnífico portal de mármol, que conducía a una plaza. En el centro había una fuente de donde manaba abundante agua cristalina, así que el hombre se dirigió a quien custodiaba la entrada: Buenos días. ¿Cómo se llama este lugar tan bonito? Esto es el Cielo. Sin hacer mucho caso dijo: Tenemos mucha sed, necesitamos beber. Usted puede entrar y beber tanta agua como quiera y le señaló la fuente. Pero mi caballo y mi perro también tienen sed. Lo siento mucho dijo el guardián, pero aquí no se permite la entrada a los animales. El hombre, a pesar de tener muchísima sed, dijo que no bebería si sus amigos no lo podrían hacer, se despidió del guardián y siguió. Después de caminar un buen tiempo cuesta arriba, ya exhaustos, llegaron a otro sitio, cuya entrada estaba marcada por una vieja puerta que daba a un camino de tierra rodeado de árboles. A la sombra de uno de los árboles, había un hombre descansando. Buenos días, dijo el caminante. El hombre respondió con un gesto. Tenemos mucha sed. Hay una fuente entre aquellas rocas, dijo el hombre, indicando el lugar. Podéis beber toda el agua, que necesitéis. El hombre, el caballo y el perro fueron a la fuente y bebieron hasta saciarse. El peregrino volvió atrás para dar las gracias al hombre. Podéis volver siempre que queráis, le respondió. A propósito, ¿cómo se llama este lugar? -El Cielo. ¿El Cielo? ¡Pero si el guardián del portal de mármol me ha dicho que el Cielo estaba allí!  Aquello no es el Cielo, es el Infierno, contestó el guardián. El caminante quedó perplejo. ¡Deberíais prohibir que utilicen vuestro nombre! ¡Esta falsedad debe provocar grandes confusiones! ¡De ninguna manera! En realidad, nos hacen un gran favor, porque allí se quedan todos los que son capaces de abandonar… a sus mejores amigos.

miércoles, 31 de julio de 2013

¿Que nos trae el tiempo?



Había una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que trabajaba la tierra duramente con su hijo.
Un día el hijo le dijo: ¡Padre, que desgracia! Se nos ha ido el caballo. ¿Por qué le llamas desgracia? respondió el padre, veremos  que nos trae el tiempo...
A los pocos días el caballo regreso, acompañado de otro caballo. ¡Padre, que suerte! exclamo esta vez el muchacho. Nuestro caballo ha traído otro caballo. ¿Por qué le llamas suerte? Preguntó el padre. Veamos que nos trae el tiempo.
En unos cuantos días más, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, y este, no acostumbrado al jinete, saltó  y lo arrojo al suelo. El muchacho se quebró una pierna. ¡Padre, que desgracia, exclamo ahora el muchacho! ¡Me he quebrado la pierna! Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentencio: ¿Porque le llamas desgracia? ¡Veamos que nos trae el tiempo!
El muchacho no se convencía de la filosofía del padre, sino que murmuraba en su cama.
Pocos días después pasaron por la aldea los enviados del rey, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra. Vinieron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna quebrada, lo dejaron y siguieron de largo. El joven comprendió entonces que nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que siempre hay que darle tiempo al tiempo, para ver si algo es malo o bueno.
Lo mejor es esperar, pero sobre todo confiar en DIOS, porque todo sucede con un propósito positivo para nuestras vidas de acuerdo a su plan Divino.

                                    Piense en esto y que Dios los bendiga.
                              

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